¿Qué hacemos con los portátiles en las aulas?

Nos dicen que la escuela debe hacer que los estudiantes salgan preparados para la vida. Hoy en día, ese concepto de la vida comprende usar tecnologías cada vez más demandadas en el ámbito laboral y cada vez más extendidas fuera de él, en contextos personales y de ocio.

A juzgar por lo anterior, parecería razonable introducir los portátiles en las aulas. Al fin y al cabo, son una herramienta para trabajar y, de acuerdo con la anterior premisa, los estudiantes irían acostumbrándose a esta tecnología, que luego les será requerida.

Ahora bien, no todos opinan igual y recientemente se han alzado voces contra la práctica de permitir los portátiles en el aula. El argumento principal es que son una fuente de distracción y, por lo tanto, pueden redundar en peor aprendizaje y peores calificaciones.

La revista norteamericana especializada en educación Education Next (2017) se hace eco de un estudio con muestra aleatorizada y grupo control en una academia militar estadounidense. A un grupo se le permitió el uso de portátil, a otro también, pero con ciertas restricciones y al tercero no se le permitió en absoluto. Los investigadores encontraron que cualquier tipo de uso de ordenador en clase, aun en el grupo con restricciones de uso, reducía el rendimiento de los estudiantes en un examen final hasta ⅕ de una desviación típica.

Por otra parte, la publicación Scientific American (2017) afirma que se ha encontrado que, de media, los estudiantes estaban menos de cinco minutos utilizando el portátil para asuntos académicos. El resto, se entiende, lo utilizaban para distraerse de la clase.

En la misma línea, la prensa generalista también recoge este tipo de evidencias. El blog de tecnología Xataka (2017), además de estudios en la línea anterior, recoge un dato interesante: si un estudiante en clase está utilizando su portátil para cosas distintas de la clase, esto obviamente le distrae pero también a sus compañeros.

En mi caso, allá por 2007, en mi segundo año de universidad, era uno de los pocos que llevábamos portátil a clase. Lo utilizaba en clase para tomar apuntes, ya que las cualidades del texto digital —a saber, editar y borrar con mayor facilidad, sin tachones ni típex — me eran de utilidad. Con un tipo de metodología muy amparada en el PowerPoint, tener portátil venía muy bien para escribir anotaciones dentro o al margen de cada diapositiva. El tener portátil propio muchas veces era, además, una ventaja a la hora de hacer trabajos. Los equipamientos de la Facultad de Psicología en cuanto a ordenadores y salas donde escribir en grupo o solo eran escasos y se restringían a la biblioteca y sala de lectura, donde muchas veces conseguir hueco era cuestión de suerte. Aparte de un bien escaso, era algo molesto, y es que poner ordenadores públicos en salas de lectura donde hay que guardar silencio es algo que no termino de compartir. Ahora están algo mejor.

Somos bastante malos estimando en qué medida nos distrae la tecnología, pero diré que en clase procuraba no distraerme. Por aquellos entonces, la matrícula costaba casi 1.000 € que, aunque parezca poca cosa a la luz de cómo están las tasas universitarias hoy, no es un coste como para estar malgastándolo en vez de estar escuchando al profesor. Cosa distinta eran los ratos de biblioteca o de trabajar en los pasillos, donde admito que la tentación de distraerse era mucho mayor. En los últimos años de carrera, allá por 2010–2011, los portátiles y netbooks estaban muchísimo más extendidos e, incluso, la propia Universidad Autónoma de Madrid disponía de un servicio de préstamo de estos aparatos. En la típica encuesta de preguntar al estudiante por mejoras de la facultad, una petición recurrente era instalar más enchufes.

Con todo, y más allá de experiencias personales, tal vez la solución pase por cómo era antes: que la tecnología esté cuando se necesite, en aulas y espacios destinados al efecto, no que sea ubicua.

No es la única tecnología que se quiere expulsar de las aulas. Por poner un ejemplo, a finales del año 2017, el gobierno francés anunciaba su intención de prohibir los teléfonos móviles en los colegios, también en los recreos (El País, 2017). Los motivos son que distrae a los alumnos y limita su socialización cara a cara.

Referencias:

@alejandroglezf

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